Por Josué Ortiz
El Salvador, el paísito con tantas lomas, valles, montañas y quebradas; tan lindo y tan aburrido a la vez. Hace poco sostenía una conversación con una amiga contemporánea, hace algunos meses regresó al país después de vivir por un par de años en Suramérica, era sábado por la tarde y viendo el atardecer llegamos a una conclusión fulminante: en El Salvador nunca pasa nada.
Todos los salvadoreños hemos crecido bajo esta idea, impuesta o inventada, de que El Salvador es importante. No creo que se trate de un simple complejo napoleónico, aunque para ser sincero a comparación de los ya de por si pequeños países centroamericanos lo nuestro roza en la ofensa, en el castigo de alguna deidad por haberlos desobedecido de la manera más vil. Hay algo que seguramente viene de los tiempos coloniales que hace que las personas lleguen a querer y defender la aburrida vida de San Salvador.
Apenas es el tercer párrafo y más de algún lector ya debe de sentir su orgullo herido a muerte. “Otro que se cree Horacio Castellanos Moya”, debe de estar pensando. Pero no, lo de Castellanos Moya es literatura, es criticar por crear conciencia, por despertar algún sentimiento de recuperar algo, supongo que los viejos tiempos, o construir un nuevo futuro. Lo mío, al contrario, es la conclusión de una generación que cada vez se siente menos parte de esta ciudad capital.
Por definición tenemos que afirmar que en El Salvador tenemos cultura. En definitiva tenemos un conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico. Todo grupo de humanos que conviven llegan a desarrollar estas características. Muchos podrán pensar que esto no es único para San Salvador, que hay muchos otros lugares, dentro y fuera de San Salvador, en donde la vida pasa sin que se pueda hacer mucho al respecto. Pero están equivocados.
Mientras que en El Salvador las actividades para recrearse un fin de semana pasan por ver un partido de la liga española, ir a ver el más reciente éxito Hollywoodense al cine, a alguna que otra obra de teatro, si es que estamos en temporada. En países como Venezuela hay muchas más ofertas, es casi como si el conocimiento se abriera campo creando pequeñas sedes en cada esquina.
El mismo fin de semana de la conversación con mi amiga fui al cine. Yo sabía que casi la mitad de San Salvador llevaba casi una semana asistiendo como desquiciados a ver Los Vengadores. Lo que aún no logro explicarme es como de 8 salas disponibles esta película se exhibía simultáneamente en seis. Gente aglomerada como hormigas frente a la puerta de un establecimiento nunca me han augurado buenas cosas. En fin, yo tenía pases dobles y no eran para ver el tan esperado éxito.
Mientras hacía fila para entrar, miraba que la mayoría de personas que esperaban por entrar eran unos 5 años menores que yo, me puse a pensar si todas estas personas en realidad conocían a todos estos superhéroes, si alguna vez leyeron un comic o escucharon detenidamente como su papá les contaba las historias que alguna vez leyó cuando era niño, cuando esa era la única forma para distraerse un poco.